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La dictadura invisible y la nación que resiste

Originalmente publicado en: Revista AMAGI

Crónica de la miseria nacional

Cuando hablo de Nicaragua en el extranjero, muchos no saben que es un país y rara vez saben dónde se encuentra. Si bien es un país pequeño, es el más grande de Centroamérica, pero con la mitad de la población de Guatemala. Aun así, derrama cultura e identidad propia como pocas naciones.

Es uno de los países más pobres de Latinoamérica, y su historia ha estado llena de pequeños períodos de paz sucedidos de largas dictaduras que han provocado miseria e inestabilidad sociopolítica. Actualmente, sufre de una Dictadura liderada por Daniel Ortega y Rosario Murillo — su esposa y co-dictadora, con quien comparte el poder en partes iguales. Su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) es un grupo guerrillero creado en síntesis con Cuba.

El FSLN, llegó al poder en 1979 mediante un golpe de estado, luego de la renuncia del anterior dictador Anastasio Somoza. Durante una década, Nicaragua sufrió una guerra civil entre el Ejército Popular Sandinista (EPS) y la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN) mejor conocida como la Contra o Contrarrevolucionarios.

La economía nacional se desplomó, se vivió una hiperinflación que ocasionó dos cambios de moneda. En ese contexto, se vio obligado a realizar elecciones, en las cuales recibieron una derrota electoral aplastante, que coincidió con el fin de la guerra fría.

En 2007, Ortega volvió al poder financiado por el chavismo y el socialismo del siglo XXI. Asumió una presidencia tras obtener menos del 50% de los votos durante una crisis de corrupción, marcada por la eliminación de la segunda vuelta presidencial y pérdida de autonomía del poder electoral y judicial.

Desde entonces y, mediante los petro-bolívares, compró a todos aquellos funcionarios no alineados, convirtiendo fraude en todas las elecciones subsecuentes, lo cual ha sido verificado por diversos organismos internacionales de observación electoral y la CIDH en su informe “Nicaragua: Concentración del poder y debilitamiento del Estado de Derecho”. Hasta llegar a 2018 cuando el país sufrió un estallido social al que respondió con violencia eliminando toda posibilidad de convivencia pacífica.

Desde entonces Ortega ha sido acusado de delitos de lesa humanidad por asesinar, encarcelar, torturar, hostigar y desterrar manifestantes pacíficos, políticos, periodistas, disidentes, estudiantes, líderes religiosos, académicos y cualquiera que se atreva a cuestionar las diarias violaciones a la constitución nacional.

La ruptura institucional tocó su cenit en 2021 cuando eliminó a todos los partidos que hacían competencia electoral, encarceló candidatos presidenciales y expropió todas las universidades privadas del país donde existía libertad de expresión.

Era un imperativo ser parte de la lucha, aun cuando se arriesga la vida en manifestaciones, que luego dejarían atrás cientos de muertos

No soy su víctima, soy su resistencia

En ese contexto se desarrolla mi historia. Nací en julio del año 2000, pero empecé a tomar conciencia social y política cuando Ortega ya tenía instaurada su dictadura, soy parte de una generación que no pudo vivir la democracia, la cual desde pequeño he visto de reojo al visitar Guatemala, Costa Rica, El Salvador, parte de lo que considero mi patria grande, Centroamérica.

Como un joven de clase baja que cursó educación pública nunca evité cuestionar a la Dictadura aún en su primera década cuando fue alabado por la izquierda internacional debido a aplicar políticas mixtas de estabilización económica y programas sociales financiados por el chavismo. Los simpatizantes sandinistas para mí representan el fanatismo de una sociedad clientelar y la escasez de pensamiento.

En busca de sintetizar una respuesta a los gobiernos de derecha corruptos y los autoritarios de izquierda, así a muy corta edad en mi adolescencia conocí la filosofía libertaria, la importancia de limitar el poder y defender la libertad de manera pacífica para lograr una sociedad donde todos puedan desarrollar su proyecto de vida.

Durante mi último año de escuela secundaria, Nicaragua vivió la crisis social de 2018 que detuvo durante un año a la sociedad y economía nicaragüenses. Liderados por estudiantes y campesinos, la nación exigió democracia a Ortega, el cual respondió con la represión más cruel en ninguna que se ha documentado en los últimos 20 años en Latinoamérica. Era un imperativo ser parte de la lucha, aun cuando se arriesgaba la vida en manifestaciones, que luego dejarían atrás cientos de muertos.

El cambio no se genera de manera espontánea, debes provocarlo desde adentro. Así que decidí estudiar economía. En Universidad Centroamericana de Nicaragua, sin saber que ese cambiaría totalmente un rumbo de mi vida.

La Universidad Centroamericana fue el epicentro de la libertad de expresión nacional. La universidad privada más antigua de Nicaragua tenía prestigio. Desde su movimiento estudiantil documentamos las violaciones de derechos humanos y la autonomía universitaria, participamos en las plataformas sociales que exigían un cambio en Nicaragua y continuamos manifestando por la libertad de la nación.

El trabajo en el movimiento estudiantil empezó a concentrarse con espacios de incidencia internacional como la CIDH o instancias de derechos humanos de la Organización de Naciones Unidas. A la par realizaba activismo Libertario en Estudiantes por la Libertad Nicaragua divulgando las ideas que hacen próspera a una nación.

En ese panorama me encontraba en mayo del 2023 cuando un operativo de la Policía Nacional llegó a mi hogar y habitación. Estos allanaron, robaron celulares y laptops y me sometieron a una detención ilegal en plena noche, misma noche en la que fui trasladado hacia los juzgados de Managua en medio de agresiones físicas verbales.

El juicio empezó a las 00:15 de la madrugada, como marcaba un reloj en la habitación. Éramos 10 hombres de todas las edades, entre los que se encontraban compañeros del movimiento estudiantil. Estábamos siendo juzgados de manera colectiva. Una pantomima total donde la Jueza leía un papel, nos asignaban “abogados defensores” que no conocían el procedimiento ni incluían personas que no estaban en la sala, juzgados por acusaciones vagas.

Finalmente, el fiscal nos acusó de traición a la patria, ciberdelitos y menoscabo a la soberanía nacional, alegando supuestos posts en redes sociales donde solicitábamos sanciones al dictador. Iniciarían una investigación y, mientras estuviera en curso, nos colocarían bajo arresto domiciliario, lo que implicaba confirmar presencia firmando todos los días a las 6 de la mañana ante la policía.

Estaba en el ojo de la dictadura y durante 5 años presencié cómo muchos de mis colegas habían terminado en prisión o desaparecidos. En ese contexto, no tuve otro remedio que escapar de mi propio hogar. Crucé media Nicaragua en incógnito hasta llegar a la frontera y, en medio del barro y la vegetación, crucé hasta encontrarme en Costa Rica.

Luego de la primera semana de shock como exiliado en Costa Rica, mi ser se dio cuenta de que hasta no caer la dictadura no volvería a la tierra que me vio nacer, ni a muchos familiares y amigos. Tampoco pude obtener mi titulación universitaria, puesto que la Universidad Centroamericana fue expropiada 3 meses después de mi exilio.

Actualmente me encuentro refugiado en Estados Unidos, donde mi madre y hermanas llevaban ya 4 años con el mismo estatus. Reflexionando sobre las decisiones que me hicieron llegar hasta acá, pero seguro que no quería vivir ni ser recordado como una víctima de la Dictadura Sandinista, soy parte de la resistencia, porque el anhelo de libertad continua en mi corazón. Me prometo a mi mismo y a Dios que lucharé para ver mi tierra libre.

Las naciones de América Latina y sus mandatarios voltean el rostro, fingen que todo está normal en Nicaragua

Las democracias voltean el rostro

El breve recorrido por mi historia muestra uno de los desenlaces para quienes se oponen a la dictadura sandinista. Sin embargo, a menudo muchas personas enfrentan finales más trágicos como la muerte, la tortura, el encarcelamiento, agresiones sexuales o cualquier otra de las numerosas atrocidades documentadas por los organismos de derechos humanos, como el Grupo de expertos en derechos humanos sobre Nicaragua de la ONU.

Mientras tanto, las naciones de América Latina y sus mandatarios voltean el rostro, fingen que todo está normal en Nicaragua y normalizan sus relaciones diplomáticas y comerciales con una dictadura que está enfrente de todos, pero a nadie le importa.

Esta lucha nos involucra a todos, así lo mostró la situación de Venezuela este 2024 donde muchos mandatarios de democracias ignoraron el mega fraude cometido por Maduro en Venezuela. Quienes apreciamos la libertad y la democracia debemos denunciar estos abusos utilizando los recursos disponibles, además de exigir a nuestros gobiernos que también lo hagan, para aislar a los opresores.

La dictadura cubana normalizó sus relaciones con las democracias, que aceptaron sin objeciones su modelo totalitario, ese modelo se ha exportado a Venezuela y Nicaragua, estos a su vez lo esparcen a Sudamérica y Centroamérica. A todos los lectores con valores nobles, les exijo que volteen la cara y miren en el corazón de Centroamérica, existe una nación que resiste la tiranía, empecemos por hacer visible la dictadura invisible.

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